El norteamericano Fred Wesley y su inseparable trombón en un momento de la actuación. Foto: María Poyatos
El norteamericano Fred Wesley y su inseparable trombón en un momento de la actuación. Foto: María Poyatos

Fred Wesley y sus colegas de Generations firman una noche mítica llena de ritmos negros en el Central de Baeza

Ella le da al botón de REC y, acto seguido, se pone a bailar como una loca. Se mueve alrededor del escenario como pez en el agua. Primeros planos, encuadres generales y, sobre todo, muchos pero que muchos contrapicados. Quizá su estatura tenga algo que ver en ello. Sigue canción a canción a través de la pantalla del móvil, pero no realmente con la oreja puesta en el dispositivo. Los ritmos invaden su pequeño cuerpo y se deja llevar por composiciones venidas de otras décadas, de otros lugares. Por algo grande que sale de manos de tres instrumentistas que bien merecerían una crónica por cabeza. Y así, sin quererlo, esa niñita de no más de ocho años se convierte en la mejor representación del público que anoche escuchaba embelesado el sonido de un trombón que superaba en décadas de experiencia la edad de la mayoría de los presentes.

Porque la música también es historia. Y, ayer, entre la del Café Teatro Central y la de Fred Wesley habría dado para un libro. En este caso, aunaron las suficientes fuerzas para añadir una página que vale oro a la historia musical de esta provincia. Ellos, los del Central, ya pueden presumir de haber subido a su escenario a él, Wesley, un trombonista y compositor americano con 73 años a sus espaldas, mejor conocido entre los eruditos por haber sentado las bases del funk en Estados Unidos primero y en el resto del mundo después.

EL PRESTIGIO

Pero no solo eso, las proezas de este músico se cuentan por decenas: Su carrera despegó hacia el estrellato gracias a una llamada del mismísimo James Brown, quien le invitó a alistarse en las filas de su banda. Desde entonces, el trombonista de Georgia se procuró un currículum que quita el hipo: trabajos con George Clinton, Maceo Parker, Barry White, Bootsy Collins, Ray Charles, Van Morrison y así podríamos seguir hasta que no quedara un solo icono de la música negra sin nombrar.

Resultaría, no obstante, un tanto irrespetuoso centrar la fantástica actuación de anoche tan solo en un Fred Wesley que se comía el escenario a golpe de trombón. Porque la música también es compartir. Y, en este caso, el americano comparte gira con otros dos nombres muy a tener en cuenta. A los platos el francés Tony Match y al órgano el prodigio italiano Leonardo Corradi, considerado a sus 24 años el mejor instrumentista de Hammond b3 del mundo. Juntos y bien revueltos en un proyecto que se llama Generations, revivieron ante gente venida de todas partes temazos de Jimmy Smitha priori, este trío de ases nació para rendir homenaje al jazz del legendario organista—, empezando por el blues “8 Counts For Rita” magistralmente resuelto por el dúo teclas-batería.

COVERS

Pero los ecos de Jimmy quedaron gratamente mezclados entre covers de lo mejorcito de Miles Davis —”Freedom Jazz Dance”, compuesta por el tenor Eddie Harris—, de Maceo Parker —”Shake Everything You Got”—, de Muddy Waters —con un “Got My Mojo Working” a dos voces entre cantante y  espectador— y, por supuesto, de James Brown (al que Wesley calificó de “El padrino”) y The JB’s, otro combo perfecto del que sonaron “Same Beat” y “House Party”. Una mezcla realmente bien hilada por una voz rasgada por el soul que ha sabido rodearse de los mejores en sus respectivos instrumentos, pues menester es subrayar no solo el toque de baquetas de un Match que hasta se aventuró con un solo de batería con la sola ayuda de las palmas de sus manos, sino el brillo que emitía por sí solo Corradi, que en algunos momentos hasta consiguió eclipsar la presencia del cabeza de cartel gracias a unos solos de órgano capaces de hacerte perder la cabeza.

Y lo que bien empezó bien acabó con Jimmy Smith, con una dinámica y divertida performance  de “The Cat”, donde Wesley y sus Generations dieron cuenta de que el jazz  —o el soul, o el funk, o el blues, o lo que sea que ellos toquen y conviertan en oro a lo Rey Midas—, sigue tan vivo y latente que la gente pidió más. Pero el reloj se acercaba a las doce y la banda debía coger un vuelo bien temprano para continuar con su gira europa, con próximas paradas en  Francia, Reino Unido y Dinamarca.

Aunque la fiesta acabó más temprano de lo que muchos habrían querido, los tres músicos firmaron unos nada desdeñables noventa minutos ya para siempre grabados en la memoria colectiva de un público harto contento con el trabajo de los dueños de la sala. Ya en la puerta, se escuchó un “gracias por traernos músicos como estos a Baeza”. Un agradecimiento que salió de boca de un tal vez entusiasta de la música negra, tal vez de solo un espectador más que pasaba por allí y que, haciendo gala de la reputación que les precede, fue respondido por Julio Ortega (socio del Café Teatro Central) con un “gracias a vosotros por venir hasta aquí y hacerlo posible”. Porque la música también es retroalimentación, un entendimiento mutuo que regala momentos de este calibre, capaces de amansar a las fieras, de curar a los enfermos, de convertir un día de mierda en una noche más que épica.

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