“Quedan pocos lobos y debería haber más”

Ecólogo, naturista, escritor y realizador de televisión, entre otras muchas habilidades. Fernando Rodríguez Jiménez (A Guarda, 1941) marcó un antes y un después en el panorama de la serie documental y de la televisión española. Subdirector del prestigioso programa El Hombre y la Tierra y mano derecha durante muchos años de Félix Rodríguez de la Fuente, este gallego ha tenido el honor de participar en la primera expedición española a la Antártida, los Idus de Marzo. Su vida es un libro de aventuras de aquellos que nunca te cansas de leer. Actualmente vive en Marcha Real, donde fragua interesantes proyectos con Juan Morillas. Desde el balcón de Sierra Mágina hace un repaso de su trayectoria, desgrana las iniciativas que tiene en mente y ofrece su visión como ecólogo de Jaén. También del lobo y del lince en las sierras jiennenses y de su supervivencia. Aquí ha cumplido una de sus asignaturas pendientes, volar en parapente. Una experiencia que le ha generado sensaciones enfrentadas al divisar el inmenso mar de olivos.

—¿Recuerda su primer viaje?

—Era muy pequeño. Empecé a viajar con meses. Primero a Vigo y después a Canarias. Con seis años ya andaba solo por las montañas. Un tío mío tenía una finca en Tacoronte y desde allí me iba a la de un amigo, de la misma edad y más o menos igual de salvaje, y andábamos haciendo verdaderas diabluras con los animales. Nos volvimos a Madrid y ahí empecé mis andaduras en este mundo.

—Pero todavía era muy joven…

—Con 14 años, fui pionero de la Sociedad Española de Historia Natural y de la Sociedad Española de Ornitología. Con esa edad era ya uno de los miembros fundadores. También fui el colaborador más joven del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Mi afán de aventura me llevó a conocer al domador de leones más famoso de la época, Paul Noel, que trabajaba en el Circo Americano. Me enseñó los trucos de la doma. Cuando ya lo aprendí, se marchaban a Lisboa. Yo llegué a mi casa muy ufano y le dije a mi padre, que es una persona seria, hijo de marino y él marino también, que quería ser domador. Estaba comiendo y casi me trincha con el tenedor y el cuchillo. Ahí terminó mi aventura hasta que cumplí 12 y me escapé para irme a África. Me cogió la Guardia Civil en Getafe. O sea que mi vida de aventura, de afán de viajes, de conocer cosas, lo llevo en la sangre. Mi padre fue el que me dio los genes. Él de joven se hizo Guardia Marina y se fue con el Juan Sebastián Elcano de la época a Cuba.

Fernando Rodríguez vive ahora en Mancha Real. Fotografías: Rafa Casas
Fernando Rodríguez vive ahora en Mancha Real. Fotografías: Rafa Casas
—¿Cómo llegó el momento de fusionar la televisión con su pasión?

—Soy muy curioso y me parece interesante todo. He viajado prácticamente por todo el mundo. Hice “Juegos de la Naturaleza”, principalmente en Indonesia. Allí conocí a una secta de silat mental, que es la madre de todas las artes marciales. Puedes llegar a parar a un enemigo concentrándote solo con la mente. Llegué a ser segundo gurú de la secta mientras preparaba el rodaje. Fue la primera que se hizo en el mundo sobre la evolución de la vida. Nadie quería tocar ese tema porque era muy arduo, con muchas connotaciones religiosas y políticas detrás. Con mi amigo Carlos Valverde decidimos hacerlo.

—Con esa serie se quedó sin un premio que se podría decir que le fue arrebatado como el Oscar a La La Land.

—Tuve el premio más importante de mi vida, aunque realmente me robaron el premio Danubio. La televisión de Dinamarca y los organizadores de Checoslovaquia hicieron una maniobra fea. Había como dos mil personas en la entrega de premios y fue tremendo. Daban golpes encima de la mesa. Y las primeras, que eran de la televisión de Noruega, se levantaron y dijeron que el ganador del festival indiscutible era yo y TVE. Le dieron la espalda a la entrega de premios y vinieron todos a felicitarnos. Me dieron el gran premio de mi vida, ya que los compañeros de todo el mundo dijeron que mi serie era la mejor.

EL HOMBRE Y LA TIERRA

El Hombre y la Tierra fue un hito en la historia de la televisión, además de educar a generaciones de españoles. ¿Le ha marcado la vida, lo mismo que trabajar con Félix Rodríguez de la Fuente?

—De alguna manera. Yo a El Hombre y la Tierra fui como subdirector, con una experiencia ganada de muchos años. Antes que Félix, ya hice cosas para Televisión Española. Teodoro Roa, el operador que murió con Félix, y yo hicimos los primeros documentales con Guillermo Fernández Zúñiga. Lo recuerdo con mucho cariño porque fuimos los auténticos pioneros del cine documental en España a nivel internacional. Eran programas para el cine y se emitían como complementos de las películas.

—¿Eran conscientes de que iban a marcar a una generación?

—No tanto. Pensábamos que hacíamos algo que estaba bien. Que era diferente a todo lo que se había hecho. Solo hacíamos nuestro trabajo. Tampoco pensábamos que éramos los héroes.

—¿Cómo se fraguó?

—Conocí a Félix cuando era muy pequeño, con 14 o 15 años. Él estaba comenzando también con la cetrería. Entonces cogió cierta fama y toda la gente que se relacionó con él también eran amigos míos. Yo le presenté a Teodoro Roa porque quería un operador que le gustara la naturaleza y tuviera experiencia. Roa era un gran apasionado de la naturaleza e hicieron un buen tándem los dos. Entonces me marché a trabajar al Centro Pirenaico de Biología experimental, el primero nacional y casi europeo donde se hacían trabajos de ecología multidisciplinar. Fue una cosa pionera y la verdad es que me ha tocado ser pionero en muchas cosas. Cuando ya llevaba diez años en Jaca me llamó primero Roa para decirme que estaban haciendo El Hombre y la Tierra en Venezuela. Luego me llamó Félix, pero yo me hacía de rogar. Al final cogí el toro por los cuernos. Félix me invitó a ser el subdirector y acepté. La mayoría de la gente que fue a El Hombre y la Tierra fue a aprender, pero yo llevaba ya la lección aprendida.

—¿Con qué medios se contaba?

—Tuvimos la gran suerte de contar con unos medios irrepetibles. Se rodó en 35 milímetros. Se hacían cercados de muchísimas hectáreas y los lobos se llevaban allí. Se gastó un material de gran categoría. La primera cámara de alta velocidad vino a España para El Hombre y la Tierra y así conseguimos grabar el movimiento de una comadreja matando a un ratón, que el ojo humano no es capaz de percibir.

—El lobo fue uno de los grandes protagonistas y ahora, décadas después, surge un movimiento para defenderlos. De hecho, el día 12 hay una manifestación. ¿Queda alguno en nuestra sierra?

—Pocos quedan y deberían de quedar más. Yo entiendo que a los ganaderos no les guste nada porque, realmente, a veces produce daños. Lo que sucede es que se han destruido los animales silvestres que el lobo consumía, como corzos, gamos o jabalíes.

—¿Y el lince?

—Estos son mis puntos débiles, el lobo y el lince. Cuando me marché de El Hombre y la Tierra, lo que más me dolió fue despedirme de mis lobos. Los crié a biberón y recuerdo anécdotas muy graciosas con ellos. Una es cuando mis compañeros se asustaron porque tenía a los cinco lobos durmiendo encima de mí y se pensaban que me habían comido. Y con los linces, una vez en Toledo, había que trasladar a uno de jaula porque estaba medio mancado. Era adulto y la jaula era muy pequeña. No sabían cómo hacerlo. Me quité el anorak, se lo puse por encima de la cabeza, lo agarré por las cuatro patas y me lo llevé a cuestas.

—Con la veteranía que lleva a las espaldas y al ser parte de una era televisiva que educó a toda una generación, ¿qué opina de programas como Frank de la Jungla?

—Es lo contrario a lo que se debe de hacer. Es una mala imagen de la naturaleza y de la relación de los humanos con los animales salvajes. Mientras fui el subdirector de “El Hombre y la Tierra” raro era el día en que mi vida no estaba en peligro. Era lo cotidiano y no tienes necesidad de hacer el tonto. Si te buscas los peligros es una mala imagen, antipedagógica, porque hay mucha gente que querrá imitarlo. Para mí la naturaleza fue algo muy serio.

VIVENCIAS EN JAÉN

—¿Qué le trae por Mancha Real?

—Es un proyecto que estamos haciendo Juan Morillas y yo. Me habló del proyecto del Aula Mágina. Queremos hacer una cosa un poco diferente. Quieren que enseñe, precisamente, esto que estamos hablando en la entrevista. Cómo se rueda con animales, en semicautividad, cómo se hace un decorado para que parezca natural y cosas de este tipo.

—¿Pero con el mancharrealeño Juan Morillas tiene más iniciativas?

—Yo no puedo dejar tampoco la aventura y con Juan tenemos un proyecto en el Amazonas. Estamos haciendo un zoo criadero de fauna amazónica y tenemos una serie de proyectos con los indígenas amazónicos. Hace muchos años que viajo allí. Hace dos años estuve en una reunión con los jefes de cuatro tribus diferentes porque quiero hacer turismo convivencial. Pero muy especial. No pueden ir a cambiarles la vida, sino a aprender de ellos.

—¿Veremos su trabajo pronto en televisión de nuevo?

—Estoy en ello. Llevo cinco años acumulando material de la selva amazónica. Tengo como 200 horas rodadas en bruto, he hecho un piloto y estamos en conversaciones con Canal Sur. Espero poder montar esta serie que es un poco peculiar, como yo.

—¿Hay manera de aprovechar nuestros parques naturales sin dañarlos?

—Yo creo que sí, aunque es difícil. Desgraciadamente los españoles estamos muy mal educados. Una de mis últimas aventuras ha sido tirarme en parapente desde Peña del Águila. Era una asignatura pendiente que tenía. Fue una experiencia muy bonita, lo mismo que el vuelo con ultraligero, que también lo he hecho aquí en Jaén. Yo recomiendo a todo el mundo hacer estas dos cosas porque es una maravilla.

—Desde el cielo habrá visto el inmenso mar de olivos. ¿Qué sensación le da ese paisaje?

—Para un ecólogo es una lucha interna. Te gustaría más ver un bosque natural de robles o encinas, que es lo que correspondería a esta área más que un bosque de olivos. Porque eso quiere decir que para plantarlos han tenido que destruir los anteriores. Pero, evidentemente, más vale tener olivos que no tener ningún tipo de árbol. Hay una cosa que recomendaría a los olivareros jiennenses que es la manera de cultivarlo. Apostaría por el ecológico. Tengo un amigo aquí que lo hace y su aceite es excelente y tiene marca de excelencia. Hace pocos días estuve en su finca y la diferencia es que estaba todo verde, con matorrales, con cabras pastando. No le pone un gramo de química. En medio de este mar de olivos yo recuperaría zonas de vegetación autóctona como robles o encinas. Eso es lo que he echado de menos mientras he volado con el parapente y el ultraligero. Aún así, el mar de olivos es muy impresionante. Parece mentira que el hombre sea capaz de transformar un paisaje hasta este punto porque es inmenso, son miles y miles de hectáreas. Ya no es un mar, es un océano pero proceloso.

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