Una persona utiliza su iPhone.
Una persona utiliza su iPhone.

Ahí está otra vez, sentada justo a mi lado. En realidad no se trata de la misma mujer aunque siempre responde al mismo modelo, tal vez por eso me refiero a ella como si nos conociéramos largamente. Al menos yo conozco bastantes detalles acerca de su vida. Más de los que quisiera.

–Claaaaaro, claaaaaro. Ea, eso me han dicho. Que tengo que tomar las medicinas y si el viernes, que me dan los análisis, sale todo bien pues… Claaaaaro, claaaaaro

Su interlocutora invisible es su prima, según averiguo involuntariamente instantes después. Cantan juntas en un coro y tienen que prepararse varias canciones nuevas para la próxima semana. No me importa, no me importa nada. Me importa una soberana mierda que los hijos de su prima hayan llegado sanos y salvos a Madrid

–Anda ¿y eso? Ahhhh ¡que te lo han puesto en el guasap!

Cucha, ¡pues yo me alegro!

Yo no me alegro de nada, señora. Solo quiero llegar sano y salvo a mi propio destino sin tener que escuchar los anodinos detalles de una vida ajena vertidos a voz en cuello en mi oído derecho. Por eso me levanto antes de alcanzar mi parada y me sitúo a mitad de la plataforma en un prometedor claro entre el adolescente del aipod y el jubilado cargado de bolsas de la compra.

–Claaaaaro, claaaaaaro

–Y le dije que eso no se puede hacer así

Joder. Desde el asiento que acabo de dejar vacío se eleva una nueva conversación que se entrelaza con la conmovedora trama familiar. No me explico como pueden seguir cada una a lo suyo sin interferirse, pero ahí siguen a lo suyo tapándose, eso sí, con la mano libre la oreja libre de teléfono. La cacofonía, sin embargo, me persigue hasta aquí y casi estoy por pedirle al chaval que me preste esos cascos profilácticos, pero me contengo al pensar que, por la forma en que agita el flequillo marcando el compás, probablemente no encuentre tras ellos la placidez de Boccherini sino algún nuevo tipo de horror auditivo.

–¡Que no pienso ir a la fiesta!

Dios mío. Eso ha sonado más cerca aún. Giro apenas la cabeza y me encuentro cara a cara con un tipo de ceño fruncido que parece sostener la barra con indiferencia mientras se aferra con firmeza a su celular. Giro la cabeza en dirección opuesta pero no hay forma de escapar.

–¡Pues si Manolo decide ir es su problema!

–Bueno, prima, muchos

–Que si quiere yo hablo con ella y se lo explico

–Tirurirurí tiruriruriiiiiiii

Es imposible. Esa musiquilla viene del flanco norte. Esto comienza a parecerse a Little Bighorn y no me agrada la perspectiva de morir con las botas puestas.

–Holaaaaaaaaa

–Claaaaaaro

–Noooooooo

–Yooooooooo

Lo que más me desagrada de todo es la sensación de asistir a un striptease público sin el mínimo asomo de deseo ni carnalidad, la impudicia de esos seres ensimismados que no esperan gratificación alguna a cambio, que apenas parecen conscientes de la existencia de otros seres como yo cuya intimidad está siendo invadida por la intimidad ajena, forzada incluso. Y así es un poco como me siento ahora, sucio de fiestas a las que no asistiré con primas de cuyo aspecto nada conozco y de disputas en las que ni me va ni me viene.

Miro de nuevo a mi alrededor en busca de alguna mirada cómplice, una interacción humana real, solidaria con mi neurosis; una conversación casual de la que ambos seamos partícipes y que permita que, al menos por unos segundos, ambos nos importemos algo el uno al otro. Pero

–Muchos besoooos

no la encuentro.

–Voy para mi casa

Está el chaval del aipod y el jubilado que mira al otro lado de la ventanilla.

–Lo primero que tiene que hacer es hablar con el de la Notaría

El resto mantiene la cabeza baja, teclean frenéticos o deslizan el dedo sobre una pantalla diminuta abierta a un mundo inmenso de colores brillantes. Sonríen a veces para sí o niegan firmemente sin dejar de mover las manos, sin levantar ni un instante la mirada.

–Pero entonces, ¿qué hace al final Manolo?

Como en los mejores folletines, cuando la presión se hace insoportable y la suerte del protagonista parece echada definitivamente, de la oscuridad de las sombras emerge mi parada envuelta en un dulce halo de neón. Me dirijo hacia la puerta a trompicones. Ensimismado… ¿y quién no, en definitiva? A veces yo también hablo en voz alta para sentirme un poco menos solo. De repente, con un pie ya en la acera me giro hacia el interior del autobús con una sonrisa dibujada a toda prisa en el rostro y grito

–¡Buenas noches! ¡Feliz viaje!

La barca de Caronte me muestra ahora sus luces traseras, dos ojos rojos que se van haciendo pequeñitos pequeñitos en la distancia. Quién sabe, me digo, quién sabe. Y sonrío, ahora sí, con total y absoluta franqueza.

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