Miguel Rivera fue destituido esta semana como entrenador del Linares.
Miguel Rivera fue destituido esta semana como entrenador del Linares. Foto: Serendipia Fotógrafos

Tres cadáveres, en tres escenarios y en tres días diferentes. Escuché una vez que el crimen perfecto no es aquel que no se resuelve, sino el que se esclarece con un falso culpable. Miguel Rivera, Juan Arsenal y Ramón Tejada se han sentido esta semana como Tom Robinson, el ajusticiado en la extraordinaria “Matar a un ruiseñor” (1962), pero sin la fortuna de contar con un Atticus Finch para defender su inocencia y recordar al jurado que “uno no comprende realmente a una persona hasta que no se mete en su piel y camina dentro de ella”. Los tres han abandonado sus respectivos clubes por la puerta de atrás. Dos han sido despedidos sin previo aviso y el tercero se ha ido por piernas a la primera oportunidad que ha tenido, después de vivir un “calvario personal y profesional”.

Posiblemente, Miguel Rivera no vuelva a pisar Linares en mucho tiempo o, directamente, no regrese jamás. Por las razones que sea, no es querido en la Ciudad de las Minas o, al menos, como él quisiera. Hay personas que caen bien nada más verlas, por su mirada, su sonrisa, su forma de expresarse, su porte… Rivera no casa con el perfil medio del aficionado de Linarejos. Su primera temporada en el viejo campo de la Avenida Primero de Mayo fue un destrastre; la segunda todo un éxito, pero sin recompensa, y la tercera: ni chicha, ni limoná, como diría un argentino. Rivera ha llegado un punto en el que se le odia porque habla, porque calla y generalmente porque sí, ya que es una tradición más antigua que la Semana Santa.

Ya sin pelo, aceptó el reto de regresar al club azulillo con el único objetivo de culminar la obra sin sobresaltos. En uno de los veranos más convulsos y trágicos que se recuerdan en la historia del Linares, por el traumático cambio de directiva y la muerte repentina del capitán del primer equipo, Fran Carles, el técnico malagueño se embarcó en una aventura que comenzó mal desde el principio. Como en sus dos primeras etapas, Rivera se vio oblgado a remar contra viento y marea para ser comprendido. Un sector de la grada, alentado por agentes externos, lo recibió con uñas y dientes. “Hay que saber cuándo no estar” fue la frase más repetida por el malagueño para contrarrestar los desprecios de los que no lo querían ver ni en pintura en el banquillo de Linarejos. Durante unos meses, Rivera consiguió apaciguar los ánimos y hasta ganarse al hincha más crítico.

Sin embargo, una pésima racha de resultados y, sobre todo, sus incontrolada verborrea lo han condenado una vez más. Los años no han servido para que aprenda a morderse la lengua. Eso sí, antes de irse, se ha despachado a gusto. Para él, toda la culpa de su mala pata no está en el césped, sino en los despachos. En concreto, en el del director deportivo, Alberto Lasarte, ahora su sustituto. Lo acusó de hacerle la cama desde que aterrizó en Linarejos. De buscarle las cosquillas a cada paso, de envenenar el vestuario… Con razón o sin ella, Rivera vuelve a salir por la puerta de atrás, sin más mena ni gloria.

Juan Arsenal durante una rueda de prensa. Foto: Granada Digital.

Lo de Rivera, más o menos se preveía. No así lo de su homólogo en el banquillo de La Juventud. El entrenador que había obrado el milagro del ascenso a Segunda B, fue fulminado el lunes. Alguien dijo que el fútbol no tiene memoria y con Juan Arsenal esta invocación cobra todos los sentidos. De nada han servido sus números al frente del Atlético Mancha Real y, mucho menos, haber conseguido el mayor éxito en la historia del fútbol manchego. Al final, ha caído como todos los entrenadores, por los marcadores. El vecino más querido del pueblo. Ese al que manteaban en el Ruta de la Plata prometiéndole amor eterno, ya es uno más. El tiempo siempre termina arrinconando a las grandes figuras hasta convertirlas en una versión única, normalmente impugnable, pero consolidada en la memoria colectiva. Solo el paso de los años pondrá a Juan Arsenal en el lugar que se merece, para bien o para mal, porque no todo es idílico en la trayectoria del técnico de Hellín.

Ramón Tejada, antes del comienzo del derbi contra el Linares en el Municipal de Linarejos.
Ramón Tejada, antes del comienzo del derbi contra el Linares en el Municipal de Linarejos. Foto: Serendipia Fotógrafos

Lo de Ramón Tejada en el Real Jaén solo era cuestión de tiempo. Defenestrado por la grada, sin apoyos en el consejo de administración y con el único sustento del vestuario, la carrera como entrenador en La Victoria tenía los días contados en el mismo momento que obligado por las circunstancias aceptó la empresa de dirigir al conjunto blanco. Pasó de ver los toros desde la barrera a enfrentarse con un Vitorino de 600 kilos. Nada le ha salido bien al ‘bueno’ de Tejada. Ni le han acompañado los resultados, ni la gestión de una pésima directiva que ha llevado al Real Jaén a la mayor crisis económica e institucional de su longeva historia. Está claro que es uno de los grandes responsables de que el equipo de la capital esté más cerca de Tercera que de quedarse, un curso más (y van…) en la División de Bronce, pero hay más culpables en este desaguisado. Dice que se va harto de tanta promesa incumplida, que su paso como técnico del Real Jaén ha sido un “calvario en los profesional y en lo personal”. Lo único cierto es que con su dimisión más de uno se ha quedado descansando.

 

Comments

comments